Siempre nos quedará Casablanca

Todavía me acuerdo – después de tantos años – del día que acudí al cine en compañía de mi madre, sin saber a ciencia cierta la película que íbamos a ver. Era una tarde de sábado, más bien fría y ventosa, y en el cartel anunciador de aquel cine de barrio, destacaba la figura apuesta de un hombre enfundado en una gabardina con el cuello alzado, y tocado con un sombrero de época, fijando su mirada en los ojos abiertos y como encantados de una hermosa mujer. Aquellas facciones tan bien trazadas, aquellos semblantes pesarosos de una cierta nostalgia, de un encubierto secreto, atrajeron hasta cierto punto mi atención infantil, la de un niño de nueve años tal vez, sin que fuera difícil borrarse de la memoria.

La grandeza del cine no obedece únicamente a esos instantes mágicos, en que la concentración del espectador llega a compenetrarse sustancialmente con la sucesión de imágenes que depara la gran pantalla, sino también a su proyectada secuencia a través del tiempo en la memoria, y a los interrogantes, dudas y satisfacciones que la película puede llegar a ocasionar.

Del mismo modo que las emociones, alegrías y tristezas que podemos sentir al leer un libro, el cine es una fuente inagotable de sensaciones, de reflexiones, y de sugerencias, un manantial en ebullición provisto del suficiente hechizo y capacidad, para espolear con brío la imaginación hasta límites insospechados.

Pese a mis pocos años, aquellas imágenes en blanco y negro ya no podría olvidarlas, y con el transcurrir de los años, he vuelto a ver aquella inimitable película de mi niñez “Casablanca”, en multitud de ocasiones, sin dejar de asombrarme ni una sola vez.

Acaban de cumplirse setenta y cinco años del estreno de “Casablanca”, dirigida por Michel Curtiz, en 1942. En nuestros días, la película – cuyo guión se le ocurrió a Murray Burnett, al oír cantar a un pianista negro “As times goes by”, como símbolo eterno del amor – se erige en uno de los mitos fundamentales del arte, a la misma altura que Don Quijote, Fausto, o La última cena de Leonardo de Vinci.

En si misma, es un desecho de aciertos (aún sin llegar a ser una creación rayando en la perfección), y, entre otros primores de primer orden, sobresalen, diálogos, actitudes, ambiente, personajes, y las sempiternas volutas del humo de los cigarrillos, recreando una atmósfera real e inimitable entre los clientes variopintos del Café de Rick, dejando todo ello ancha y firme huella, ya no sólo en la historia del séptimo arte, sino también en la historia total de la cultura de la pasada centuria.

La gravedad de la voz con la que da principio la película, es suficientemente demostrativo y sorprendente: “Al estallar la Segunda Guerra Mundial, fueron muchos los que desde la prisionera Europa dirigieron sus esperanzas, o desesperadas miradas hacia la libertad de las Américas. Lisboa se convirtió en el principal punto de embarque, pero no todo el mundo podía llegar directamente a Lisboa. Y, así, comienza un largo y penoso peregrinaje. De París a Marsella, por el Mediterráneo hasta Orán. Luego, bordeando África en tren, en barco, o en automóvil, hasta Casablanca, en el marruecos francés. Aquí, los más afortunados conseguirían con dinero, influencia, o suerte, sus visados de salida, viajaban hasta Lisboa, y de allí al Nuevo Mundo. Pero, al cabo, todos esperaban en Casablanca, y esperaban — y esperaban.

Sin dejar de tener en consideración la intencionalidad política que afronta el espléndido arranque de la película, la misma deriva básicamente hacia lo que no es otra cosa que una historia de amor, entre Rick (Humphrey Bogart), e Ilsa (Ingrid Bergman), una sustancial historia de amor, perpetrada de nostalgia e infortunio.

Como un hecho curioso y anecdótico, se cuenta que cuando el presidente Roosevelt tuvo ocasión de ver la película en la Casa Blanca, empezó a llorar en la oscuridad de la sala. A los diez días de haberla visto, y por vez primera en la Historia, un presidente norteamericano viajaría hacia Casablanca para encontrarse con Churchill, y romper así sus relaciones con Vichy.

En realidad, cualquier circunstancia de la película viene a concluir en el Café – arquetipo de otros lugares similares -, un sitio de encuentro y meta final, donde una mezcla aleatoria de aventureros, traficantes, policías, espías, militares, y refugiados, se dan cita por la noche. De esta manera, cabrá la posibilidad de conseguir el visado, como ya puede verse en las primeras escenas.

Pero, más allá del amor desatado entre Rick e Ilsa, los visados desempeñarán un papel destacado en la obra, puesto que, precisamente, será por el visado por el que el duro y sentimental Rick, renunciará al único ser que ha amado con verdadera pasión.

Si se pone un cierto interés, y se pretende analizar siquiera medianamente la película de Michel Curtiz, uno puede percatarse que en “Casablanca” confluyen valores y manifestaciones del espíritu humano tan verosímiles como, la libertad, la amistad y el desengaño, el sacrificio  y la soledad, el idealismo, y hasta el cinismo. Pero, también, la importancia del azar en aquellos días sumidos en la más espeluznante barbarie europea, y, en el destino, y por supuesto, el hecho verídico de que la absoluta felicidad vivida, nada más persiste en el recuerdo.

Partiendo de lo dicho, la película es un torrente incontenible de sentimientos, una leyenda que continúa viva a pesar del tiempo transcurrido, sin dejar de cautivarnos, antes como ahora, que sigue conservando un encanto propio, terrenal, e inmutable. Tan romántica como un gran poema medieval, o un torturado amor en tiempos victorianos, tan hipnótica como un ensueño embaucador. “Casablanca” es una creación única, irrepetible, cuajada de pasiones, secretos, y promesas, por medio de ese amor contenido a través del tiempo, entre dos seres que nunca dejaron de amarse.

Si “Casablanca” sobrevive frente al paso del tiempo, no es por lo que contiene – aún siendo mucho como obra de arte – sino por haber proyectado ante la visión del alma humana un arquetipo mítico del héroe representado. “Casablanca”, al cabo, permite comprender el mensaje central de la canción – interpretada por Sam – que fue su orign remoto, y su constante resucitadora en la memoria de millones de seres, “As time goes by”. Y, como parece ser que dijo Umberto Eco, lo esencial se revela en, y con el paso del tiempo, porque todo tiempo pasado conserva una huella de eternidad. Indiscutiblemente, para nuestra esperanza en el ser humano, siempre nos quedará “Casablanca”.

José Luis Alós Ribera _____________________________________________________________