En busca del Silencio perdido

En el principio de la creación no había ni espacio, ni tiempo, ni materia. Tan solo reinaba el caos, la vaciedad, la nada. No hay palabras que puedan describir esta nada, puesto que las palabras no existían, y de la nada sólo se obtiene el vacío, la ausencia. Por lo mismo, al no existir las palabras, había silencio, dado que uno de los modos de que haya silencio es la ausencia de palabras. Ni espacio, ni tiempo: únicamente el vacío.

En el principio Dios creo el cielo y la tierra, y dijo: “Hágase la luz, y la luz se hizo. Y, así el vacío fue vencido por la palabra: porque había palabra, también había silencio.

En la azarosa aventura que supuso el viaje a la Antártida – el lugar más silencioso del planeta – el arriesgado explorador explica que persigue el enfrentamiento al vacío. Durante días y días convive con el chasquido de sus pisadas en el hielo, caminando en medio de un paisaje blanco, vacío, sustancialmente bello y abismal al mismo tiempo. Rodeado de blancura y vacío, a de enfrentarse al gran silencio, y llega a decir que su cuerpo había entrado a formar parte del aire, de la luz, y del frío.

Lejos de una situación tan excepcional, hoy vivimos instalados en una permanente huida del silencio, siendo el mundo del ruido el que se impone, y por el que nos guiamos en cada uno de nuestros actos. El simple hecho de aislarnos, de buscar – siquiera de modo temporal – un poco de soledad, se considera una actitud antisocial, algo impropio del hombre contemporáneo. Ante cualquier tarea que realicemos debe prevalecer el ruido, ya sea por medio de la radio puesta, de la música altisonante, o poniendo toda la atención en el móvil. No en vano surgen publicaciones que reclaman un reencuentro con el silencio, como ocurre con “Solitud” de Michel Harris, o “Ensayos sobre el silencio”, de Marcela Lambraña, o incluso películas como un tributo a la quietud: “100 días de soledad”.

Ya en el siglo XVII lo dejó expresado Pascal: “Cuanto de malo sucede a los hombres procede de una única cosa a saber, no ser capaces de quedarse quietos en una habitación”. Muy acertadamente el editor y ensayista Erling Kagga concluyó que muchos de los problemas de nuestra sociedad tienen su origen y desarrollo en el ruido.

En sí mismo, el silencio es capaz de transformarnos: es necesario para la creatividad,  a la vez que el ruido actúa como un tóxico que debilita gradualmente el sistema inmunitario, y facilita la aparición de diferentes enfermedades, tales como, el parkinson o la demencia.

En una de las páginas de los Ensayos, Montaigne – citando a Epicuro – dice que hay que ocultarse. En verdad, el escritor galo defendía un grado de ocultamiento que no se alcanza más que en la soledad. Hay que saber retirarse al interior de sí mismo, para quedar a resguardo de la presión del mundo exterior, y por consiguiente del ruido permanente de todos los días, y que sin darnos cuenta nos va acorralando.

Se mire por donde se mire, todo es ruido a nuestro alrededor: la algarabía callejera, el estrepitoso ruido de las sirenas en la calle, la incesante cháchara de las emisoras de la radio, de los locales abarrotados de gente, el infernal ruido urdido en los bares.

En una de las cartas de su meritoria correspondencia, Kafka concluye: “Un silencio como el que yo necesito no existe en el mundo”.

Escribo ahora mismo ante mi mesa de trabajo, procurando ocultarme, y rodearme del aislamiento y la soledad tan necesarios para el acto de la escritura, y pese a todo,, no puedo evitar que me llegue de la calle el ruido ensordecedor del tráfico, y algún que otro ruido molesto procedente del patio de vecinos. Es probable, que tomando un libro y aplicándome a su lectura, escuchando únicamente la voz silenciosa de su autor, alcance el aislamiento y la capacidad de atención precisos para rodearme de ese estado de silencio que perseguía Montaigne.

En época de vacaciones, cuando el trajineo de la gran ciudad queda relegado al olvido temporal, y me confino en la apartada aldea como cada año, sentado bajo la dilatada franja de sombra que proyecta el alero del tejado, me solazo contemplando la enorme planicie del campo que ante mi vista se despliega. Tan solo la tierra y el cielo, alguna nube de paso, y el movimiento de las hojas de la frondosa vegetación ante el impulso acariciador de la brisa, completan este estado de gracia tantas veces soñado.

Pero lo que – en esa situación – verdaderamente me atrae, aquello que llama poderosamente mi atención, es lo que no contiene protagonismo, el tiempo y el espacio, lo oculto y la nada, aquello que más que imagen es melodía del silencio. De alguna manera, silencio y soledad guardan un estrecho parentesco, empujan aún más al individuo al abismo de lo íntimo, a un estado de complacencia que sólo quien lo manifiesta puede llegar a valorarlo en su justa medida. Y, curiosamente, no resulta fácil pararse a pensar que la mayoría de las leyes de la física que rigen ya no únicamente nuestro mundo, sino la totalidad del cosmos, vienen vehiculizadas por el silencio. Desde la fuerza de la gravedad, la emisión de la luz, el desplazamiento de los electrones orbitando alrededor del núcleo atómico, hasta el movimiento silencioso de los astros, o no tan silencioso a tenor por lo que se conoce como la música de las esferas.

Lo cierto es que somos incapaces de detectar sonido alguno en todo aquello que es infinitamente pequeño, que nuestra retina difícilmente va a poder apreciar. Solamente, y gracias a las ventajas que ofrece el microscopio, somos conscientes de fenómenos como la división celular, la savia fluyendo por los tejidos vegetales, la reproducción bacteriana, y todo ello con la participación significativa del silencio.

Algunos afirman que el silencio físico no existe: siempre hay algo que ver, que oír. Por mucho que se intente reconstruir el silencio, es prácticamente imposible. Otros sugieren que el silencio es el lugar de la muerte, de la nada. En su celebrada obra “Walden”, el filósofo estadounidense H. D. Thoreau, expresa: “Me fui a los bosques porque quería vivir deliberadamente, enfrentarme sólo a los aspectos esenciales de la vida”.

Muy pocos han sabido descubrir el silencio, o los estados de silencio, como los grandes viajeros y exploradores de los polos, o como es el caso de Richard Bird, describiendo con gran atino y delicadeza el atardecer polar: “La noche no cae de golpe. El efecto es el de una acumulación gradual. No hay ninguna sensación de prisa. Esos son los mejores momentos: los momentos en los que los sentidos olvidados se expanden y cobran una exquisita sensibilidad. La tarde parece tan clara que uno no se atreve a hacer el menor ruido, no vaya a romperse en pedazos”.

En cuanto a la llegada de la noche, el mismo autor señala: “El día agoniza, y la noche nace con una enorme paz. Allí están las fuerzas y los procesos imponderables del cosmos, armoniosos y sin sonido alguno”. Pues, eso es lo que surgía del silencio: armonía, un ritmo muy dulce, la melodía de un acorde perfecto, la música de las esferas tal vez.

Por medio de la pintura, por ejemplo,se pueden reconocer escenas de silencio apenas roto por la mirada pasmosa del espectador. Toda representación plástica invita a la meditación y depurada concentración ante la imagen que tenemos ante la vista, y ello, sin duda, predispone al silencio. No deja de asombrar la contemplaciòn de los murales correspondientes a la serie “Seagram” de Marck Rothko: nueve enormes y vibrantes lagunas de energía silenciosa. El mismo artista afirmaba que había concebido estas pinturas para su contemplación. Ante la vista del observador parecen silencio hecho visible, y por lo mismo, resulta una experiencia insólita, difícil de comprender. En suma, estas obras de arte se sirven del silencio como parte integrante de las mismas, a la vez que el silencio parece desbordar la propia representación artística, y derramarse por el espacio que la rodea.

Otro hecho inestimable en torno al silencio, es la lectura: en sì misma, se la considera silenciosa y positiva. Podíamos preguntarnos al leer, ¿estamos escuchando al autor conversando con el lector, o estamos viendo sus pensamientos en lugar de escuchar su voz? Fue hacia el año 385 cuando San Ambrosio – obispo de Milán – aprendió a leer en silencio, y sabemos que Agustín de Hipona pronto supo leer en silencio, según relata en las Confesiones, a propósito de una escena en un jardín.

Volviendo a Kafka, y siendo alguien que entendía el silencio como un instrumento para fortalecer su ego, y protegerlo de las presiones sociales, en otra de las cartas enviada a su prometida, se lee: “Una vez dijiste que te gustaría sentarte a mi lado mientras escribo. Si lo hicieras, no podría escribir en absoluto. Escribir significa entregarse por completo a la revelación definitiva del propio ser, y rendirse; por eso uno nunca puede estar bastante solo mientras escribe, por eso ni siquiera la noche es noche suficiente”.

Echado sobre la hamaca, en la serena noche estival, observo la luna surcando el cielo oscurecido, y arrojar enormes sombras sobre la tierra, sombras que parecen transformar las formas de todas las cosas. Después, la luna se ha ido haciendo amarilla,y se ha ocultado tras el horizonte. Al irse atenuando su resplandor, pude admirar la danza silenciosa de las estrellas. Así, de esta manera, he pasado el tiempo escuchando la nada, el silencio. Y los sonidos propios de la naturaleza, parecían posarse con mansedumbre en el silencio, hasta desvanecerse por completo. El cielo mostraba su interioridad: el silencio a la vaga luz de las estrellas, el transcurrir del tiempo, la distancia, y el infinito. Tuve la sensación de estar pasando una noche en el desierto, una de esas noches encalmadas que han experimentado repetidas veces los anacoretas, hasta llegar a intuir la presencia de Dios.