Portbou. El último refugio

Hay lugares únicos, irrepetibles, abiertos a la especulación, a las conjeturas, apenas aclamados por la  historia, tan solo jalonados por brumosas leyendas, por supuestas intrigas, en los que todo se reduce al momento, a ese instante decisivo en el que transcurre un suceso que desbarata su monotonía, su soporífera rutina, aunque sea temporalmente, pero, que de un modo u otro, va a señalar una fecha clave en una página de la historia.

Una noche tuve un sueño: soñé con amplios espacios vacíos, flanqueados a cada lado por imponentes frontispicios de edificios de corte renacentista, que proyectaban una larga sombra trazando una perfecta geometría de líneas y ángulos rectos, espacios en los que no se veía un alma. Todo permanecía en silencio, en un silencio abismal, petrificado, y cubierto por un cielo cobrizo a la vez que de plomo, y que no parecía vaticinar buenos tiempos.

En el sueño, pretendía, por mi parte, avanzar por entre las esquinas marmóreas de los fantasmales bloques de edificios, pero todo a mi paso no era más que una réplica, una reiteración de estancias solitarias, una ralentización de mi andadura, un no ir a ninguna parte. Al despertar, y sentirme liberado de mi estado onírico, me vino a la memoria – como una sucesión de imágenes encadenadas – la visión espectacular de las celebradas pinturas de Giorgio de Chirico, que había tenido ocasión de admirar hacia unos meses en una exitosa exposición de su obra.

En su conjunto, sus lienzos – marcados por el llamado arte metafísico – están poblados de plazas vacías, con torres, ventanas, esculturas, y cielos verdes y densos. Son lugares vacíos, callados, inmóviles, que pretenden reflejar un mundo que se evade hacia un más allá, hacia la nada.

Sin duda, había bastante similitud entre la obra del genial artista italiano, y el extraño sueño que acababa de tener. Algo parecido pude imaginar que sería el pueblecito de Portbou – fronterizo con el país galo – de los últimos días de la vida del filósofo alemán, Walter Benjamin: un lugar afincado en el polvo, en lo movedizo, cercado por la apatía, por la desesperanza, y el silencio más deprimente. Y, desde luego, mis vivencias oníricas me llevaron a establecer una estrecha relación con la figura del alemán y su brevísima estancia en Portbou.

En fechas recientes, han ido apareciendo en el mercado

editorial algunos ensayos biográficos sobre la existencia del escritor berlinés, y sobre las pavorosas circunstancias de su muerte en la población fronteriza, en 1940, un suceso no del todo esclarecido hasta el momento. En los primeros días del otoño de 1940, el  escritor alemán – de origen judío – se siente un animal perseguido y acorralado. Luego de escapar de París – donde se había  exiliado ante la creciente amenaza del nazismo – pretendía cruzar la frontera española, y sólo consigue ser detenido. Queda recluído en un hostal de Portbou, tras la orden de ser deportado a Francia en veinticuatro horas. De noche, y después de escribir sus últimas notas, ingiere una sobredosis letal de morfina.

Vista desde el campanario neogótico de la iglesia de Santa María, la población de Portbou  quedaba rodeada de excarvados collados y senderos tenebrosos, y debe buena parte de la popularidad alcanzada, a la estación de tren, en la que el tiempo de espera – que daba lugar al cambio de vías entre España y Francia – permitía al viajero un breve pero provechoso paseo por sus calles y recoletos rincones. Al cabo de los años, el escultor Karavan ideó el monumento “Passatges” (en honor a la obra inacabada del autor alemán).

Atrapado en un momento crucial de la historia europea, el curioso vuelve la mirada hacia un pasado aún reciente, con el fin de poder vislumbrar la figura malograda de Benjamin, frente a la fachada de la que había sido una modesta fonda en Portbou, lugar de su último refugio. En la misma, en la habitación Nº 4 permaneció durante 12 horas. La noche anterior había cruzado junto a otros siete refugiados judíos, la frontera pirenaica por la ruta del general Lister – el camino del exilio republicano hacia Francia – con la idea de legar a portugal, y de allí escapar a Estados Unidos, donde le estaría esperando su  amigo y filósofo Theodor Adorno.

Según quedó constancia en el certificado médico expedido, Walter Benjamin murió la noche del 26 de septiembre de 1940, debido a una hemorragia cerebral.   Resulta estremecedor el testimonio que ha quedado de sus últimas palabras, según su compañera de viaje y fotógrafa Henny Gurland: “En una situación sin salida, no tengo más opción que ponerle fin. Será en un pueblo de los Pirineos en el que nadie me conoce, donde mi vida se acabará. Le ruego lo transmita a mi amigo Adorno. No me queda tiempo suficiente para escribir todas las cartas que me hubiera gustado”.

El mentado monumento levantado en honor al escritor alemán, hace referencia a su obra “Libro de los Pasajes”, iniciada en 1927, y nunca terminada. El monumento viene a adaptarse al entorno de Portbou, un paisaje rocoso y agreste, recorrido por la Tramontana, el viento del norte, que recrea con firmeza una atmósfera de desolación, al fundirse con el egregio monumento.

Desde un principio, Portbou fue un objetivo de estrategia militar, una  encrucijada de caminos cercados por la inminencia de la guerra. Un territorio abandonado a su suerte, y olvidado, y que sin embargo, sobrevivía en una especie de presagio. Con el estallido de la guerra en Europa, un millón de refugiados intentaba cruzar la frontera. Pero, en 1939, ya no quedaba nadie. Portbou parecía haberse convertido en un enorme cementerio, un pueblo en el olvido, como ausente, tan solo perturbado por los actos de saqueo que llevaría al contrabando como algo natural y corriente. O, por decirlo de un modo más directo: Portbou se convertiría en un espacio inexistente, en una sombra lejana de sí misma, en un variopinto antro en el que gravitaban los vaivenes de la historia, un espacio sin tiempo ni futuro.

Por aquellos días, era el único lugar que disponía de enlace internacional de trenes, en la línea que unía Marsella con Madrid, y de ese modo llegó Benjamin. Siempre fue un fugitivo, un errabundo de la barbarie nazi, y de sí mismo. La guerra convierte una vida cualquiera en una existencia miserable, desfigurando las razones propias de su realidad. Y, por añadidura, el tiempo del exilio es un tiempo sin futuro, sin promesas ni proyectos, y consecuentemente, nada nos pertenece salvo los sueños. Todo parece sufrir un cambio, nada es como antes, disipado por la nausea de la amenaza y el peligro en ciernes, un transitar a ciegas de un lado a otro.

La vida de Walter Benjamin ha quedado ligada a la historia del arte, a un cuadro de Paul Klee, que el escritor adquirió al descubrirlo: se trata del “Angelus Novus”. Entre sus anotaciones, escribe: “Hay un cuadro de Klee, titulado Angelus Novus. Se muestra a un ángel que parece estar a punto de alejarse de algo que lo tiene paralizado”. En verdad, es un ángel que avanza hacia atrás con las alas abiertas a la vez que no puede dejar de contemplar el montón de calaveras que surgen a su paso, y las ruinas y escombros de todo tipo. Quiere detenerse, pero la furia del viento lo empuja con violencia, levantando remolinos de cenizas que anticipan el fascismo y la barbarie.

Conviene resaltar, que la vida del escritor berlinés parece guardar un estrecho paralelismo con la interpretación de la pintura de Paul Klee, ese ir de un sitio a otro, sin que nada le permanezca, retrocediendo ante las sombrías circunstancias del momento, como si de antemano se hubiese sentido extrañamente ligado a ese lugar.

En sus andanzas con la idea de cruzar la frontera española, lleva consigo una maleta, que según los que le acompañaban parecía ser más importante que su propia vida. Y, hasta la fecha ha seguido siendo un interrogante en cuanto al contenido de la misma. Para más de uno, contenía la versión completa de su Libro de los Pasajes, o la versión final de un texto sobre Baudelaire, o hasta incluso la presencia de un Diario que el filósofo habría comenzado a escribir en los últimos meses de su vida. En verdad, no hay nada probado definitivamente; todo son conjeturas, hipótesis, suposiciones.

Resumiendo, toda la literatura de Walter Benjamin atañe a sus últimas horas en Portbou: los pasajes, la llegada a la estación provisto de una maleta, y el miedo experimentado a perder una combinación de trenes, su interés por conocer los alrededores de la villa. Casi inconscientemente, practicó una escritura del presagio, de la incertidumbre, de lo inexplicable. En el fondo, Portbou y Benjamin son dos representaciones simbólicas de los inmigrantes, de todos aquellos que marchan sin papeles de un sitio a otro llevados por la mano de un destino inalcanzable, exiliados por los horrores de la guerra y la sinrazón, terminando por desaparecer en las negras fauces del tiempo, atendiendo a la llamada de “los sin nombre”.