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Sociedad

Insinceridad del saludo

Última actualización: 06/02/2011 22:50
J. J. Conde
J. J. Conde
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   El saludo es tan antiguo como la propia existencia del ser humano, y sus diversas prácticas o formas están en relación directa con las costumbres y la manera de vivir de los distintos pueblos. Así, conocemos por la historia cómo los egipcios saludaban inclinando el cuerpo mientras bajaban una mano en señal de respeto. Los griegos y los romanos se estrechaban la diestra, levantando el brazo en alto y con la palma de la mano extendida los romanos. En cuanto al saludo entre los judíos equivalía a una inclinación de cabeza y a besarse y abrazarse.  

   Es durante la Edad Media cuando el trato social se refina, descubriéndose la persona, a partir de ahora, ante las que son el objeto de su saludo. En el siglo XVII se establece la moda de besar la mano de las damas, costumbre que aún impera en nuestros días, sobre todo en determinados actos sociales de relevancia. Pero, en términos generales, el saludo queda reducido hoy a estrecharse la mano con una inclinación más o menos leve de cabeza. Si bien, son las circunstancias y cada caso en particular quienes van a determinar la fórmula del saludo, supeditándose éste a la consideración y admiración, lo mismo al grado de proximidad o parentesco, amistad, estimación y conocimiento que exista entre las personas de una misma colectividad.

   De todas maneras, hay que aceptar como válido que el saludo no siempre se manifiesta o se ejecuta con la sinceridad que sería deseable; dicho de otra manera, que el saludo no siempre es sincero. Pues, muchas veces, muchísimas son las veces que se nos alarga la mano como si tal cosa, por puro compromiso –diría yo- y lo que es peor, con una obligada sonrisa (que más bien parece cogida con chinchetas) o bien se nos saluda de mala gana, sin apenas mirar a quien saludamos, con un casi cómico e imperceptible arqueamiento de las cejas. Otras veces, abundando en ello, se elude de modo cruel y disimuladamente el saludo de las personas que se conoce o con las que se ha convivido en momentos un tanto especiales o críticos de nuestra vida. Y se elude, desde luego, porque se está seguro de que de la amistad y el conocimiento que se tiene acerca de estas personas no se va a sacar el provecho que anhelamos o quisiéramos. En cambio, se exagerará el saludo y se darán vivas muestras de una redomada cortesía en la presencia de aquella persona de relativa importancia, pero cuya amistad interesa conservarla, por encima de todas las cosas, porque a su sombra y a expensas de la misma se acaricia la idea de medrar y obtener toda clase de dádivas.

   No, no siempre el saludo es sincero, ya lo hemos dicho. Pues que en sus múltiples manifestaciones hay mucho de rutina, de excesivo formulismo, de un absurdo protocolo y de una más que condenable hipocresía. Está demostrado, y esto se puede constatar en el día a día de cualquiera, que del interés que podamos despertar en otros de nuestra profesión, posición social o circunstancias peculiares en que nos desenvolvamos, va a depender el que se nos tenga en un mayor o menor grado de consideración, tratándosenos, por ello,  con más o menos calor y afecto. Que, sin duda alguna, mientras más preeminente sea el cargo que ostente una persona, mayor será la corte de sus aduladores y mayor el número de hipócritas que le rodeen.

 * http:// jesusconde.blogspot.com

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